8. Bajo la rúbrica de materialismo energétista 1SB Copy

Formalista o axiológico englobo la posición heterodoxa de quienes han explicado las entidades abstractas de naturaleza «ideal» o «esencial», sin reducirlas al sujeto. Aunque tales entidades abstractas no son corpóreas (v.g. los significados, el espacio proyectivo reglado, el imperativo categórico, los valores éticos y estéticos, los poliedros regulares, etc ) poseen una materialidad por ser relaciones entre entidades de tipo material. Ya en la filosofía aristotélica la materia era causa activa intrínseca (al igual que la forma).

Pero también era potencia operativa, de modo que «las cosas que en sí mismas tienen el principio de su génesis existirán por si mismas cuando nada externo se lo impida» (Met., IX, 7, 1049a). Esta autosuficiencia de la materia para desarrollarse da lugar a una tradición heterodoxa, en la que se acuña la expresión de «materia inteligible» (Plotino) y que, pasando por Scoto Erígena (De Divisione Naturae, s. IX) y por Avicebrón (Fons Vitae, s. XII), llega a Nicolás de Cusa para quien la materia es la «posibilidad indeterminada» en la que existen contraídas la tierra, el sol y las demás cosas del Universo.

Frente al concepto de materia como algo pasivo e inerte, Giordano Bruno, seguidor de Copérnico y Galileo, que fue quemado vivo por la Inquisición en 1600, llegó a identificar la materia con la forma, en tanto que principio activo y creador de la naturaleza, pues: «esa materia… tiene todas las especies de figuras y de dimensiones y ya que todas no tienen ninguna, porque lo que es tantas cosas diferentes, es necesario que no sea cosa alguna en particular» (De la Causa, IV, 1598) Los meandros de esta tradición tienden a desbordar el contexto óntico, confundiéndose con el ontológico y el gnoseológico. Por eso me limitaré a
citar dos manifestaciones últimas de este materialismo en el siglo XX: El materialismo formalista ruso de V. Voloshinov (1929), Batjin y otros para quienes el entendimiento y la conciencia sólo pueden realizarse en algún material sígnico, de cuyas relaciones diaméricas es una resultante: «La conciencia individual se alimenta de los signos, crece de ellos, refleja en sí su lógica y sus leyes……Fuera de ese material, resta un puro hecho fisiológico». El materialismo formalista de G. Bueno (1979), que explica el privilegio de la lógica formal y sus diferencias con las matemática por la simplicidad de sus signos

Materialismo y ateismo.– Tradicionalmente la posición materialista se considera solidaria de la negación de Dios o ateismo, pero eso no es exacto. En este segundo contexto ontoteológico Christian Wolf definía como materialistas a «los filósofos que afirman que no existen más que seres materiales o cuerpos» (Psychologia racionalis, 1734) Aceptando esta definición, hay dos maneras de sortear la incompatibilidad entre teísmo y materialismo.

La primera consiste en hacer de los dioses entidades corpóreas, como hacen, entre otros, Epicuro y Hobbes, que eran, sin embargo, ateos prácticos, porque negaban la presencia de causas finales en el cosmos, la idea de una inteligencia creadora y la inmortalidad personal del alma. La segunda, más sutil, además de hacer equivalente “materia” y “cuerpo”, consiste en añadir un principio racional divino que opera causalmente en el mundo, bien disuelto en su interior (panteísmo estoico) bien desde fuera creando átomos (como Tertuliano o Gassendi), bien ordenándolo (deismo ilustrado), o imprimiéndole fuerza y movimiento a la manera de R. Cudworth y los platónicos de Cambridge, para quienes la materia era de naturaleza plástica, una fuerza viviente, que emana de Dios (The True Intellectual System of the Universe, 1678).

Si los teístas discípulos de Newton eran sutiles a la hora de aprovechar la ciencia para apoyar sus creencias religiosas, como Henry More, cuando desarrollaba en su Enchiridion metaphysicum (1671) una noción divinizada de espacio y atribuía la animación de la materia a un espíritu natural, sus rivales ateos, también racionalistas, no le andaban a la zaga. En este contexto ontoteológico del siglo XVII, emerge B. Spinoza (1677) que, aceptando la equivalencia entre Dios, la Sustancia y la Naturaleza en el plano de la ontología general, convierte el ateismo en una posición inexpugnable.

Al identificar a Dios con la totalidad de lo existente, niega significado a las tradicionales distinciones entre materia y espíritu en tanto que realidades diferentes. Bien mirado sólo existe una substancia, que, sin embargo, no es una, sino múltiple, infinita, compuesta de innumerables atributos, de los que conocemos sólo dos: el pensamiento y la extensión. Spinoza no acepta el mito del fantasma que maneja la máquina corporal a través de la glándula pineal (Descartes), ni tampoco el paralelismo psicofísico de los dos relojes monádicos que marcan la misma hora porque existe el Relojero Divino (Leibniz), pues ni el cuerpo ni el alma son sustancias independientes, ya que «idem est ordo et conexio idearum et ordo et conexio rerum». En realidad, «yo soy mi cuerpo» y «entiendo por cuerpo un modo que expresa de cierta y determinada manera la esencia de Dios, en cuanto se la considera como cosa extensa». Nunca el ateismo fue tan sutil y tan osado, ni el librepensamiento llegó tan lejos contra la consideración finalista en el universo. Spinoza consuma la inversión teológica de la modernidad, cancela la posibilidad de interpretar los fenómenos religiosos fuera de los límites de la razón. (Kant) y anticipa en abstracto los motivos más profundos del materialismo contemporáneo.

Siguiendo la inspiración filosófica spinosista, pero tomando en cuenta que el desarrollo científico, formula Gustavo Bueno un materialismo ontológico (1972) aún más radical. El materialismo se identifica ahora con el ejercicio de la razón critica filosófica cuando descifra el ensortijamiento o symploké de las ideas que constituyen nuestro presente. Es cierto que la razón filosófica, como contradistinta de la razón científica, de la política, y la tecnológica…, se ejerce sobre las ideas. Ello no implica idealismo, porque la multiplicidad de las ideas expresan la multiplicidad efectiva de los seres del mundo, en los que se realizan. Las ideas son funciones, cuyos valores se determinan en cada momento histórico, en función de los objetos en los que se encarnan.

El materialismo ontológico-general se opone a la idea metafísica de «universo» como omnitudo realitatis ordenada («todo lo real es racional»), que desemboca en el monismo o en el holismo conciliador, pero no por ello se acepta una multiplicidad sin límite. En el proceso de regressus a partir de lo dado (de los objetos mismos) se llega a alcanzar, como límite, la idea de pluralidad radical (que es la idea de materia general o M). Ahora bien, el materialismo es una alternativa al nihilismo disolvente y no puede quedar prisionero de la idea abstracta e indeterminada de M, sino que debe progresar a partir de ella hacia las realidades mundanas. En este progressus los seres del mundo aparecen organizados en tres géneros ontológico-especiales de materialidad (M 1 o conjunto de objetos corpóreos, de «bultos», de objetividades extensivas; M 2 o conjunto de materialidades de naturaleza subjetiva —dolores de apendicitis, vivencias, &c.—, dadas en el «fuero interno» y M 3 o conjunto de relaciones materiales de naturaleza «esencial», no propiamente subjetivas, aunque tampoco corpóreas, pero sí objetivas). El materialismo ontológico de G.Bueno se opone a todo «reduccionismo», porque la tesis de la inconmensurabiliadad de los géneros especiales de materialidad destruye la pretensión «formalista» de reducir unos a otros.

Referencias

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