
El idealismo es uno de los “movimientos” más sobresalientes de la modernidad por el alcance ontológico de sus investigaciones. Surge, en cierto sentido, a partir de lo que llamamos racionalismo. Asimismo, como origen histórico del idealismo se suele traer a cuento el nombre de Platón. Sin embargo, dicho origen parece hacer del idealismo, a causa de una específica lectura de los diálogos platónicos, un tipo de reflexión que desprecia las apariencias y relega a segundo plano la experiencia, la ἐμπειρία. Se asume, así, que el único objetivo del idealismo es dirigirse al pensamiento humano, sin auxilio de algo ajeno.
Su finalidad, según esto, sería establecer, desde ahí y en sí mismo, los conceptos que dan razón del mundo. La escisión es, pues, lo que suele sobresalir al hablar de idealismo. De acuerdo con este prejuicio, por una parte, están las ideas, cuya autonomía las sitúa en “otra realidad” y, por otra, está el mundo material, concreto, sensible o empírico que queda puesto entre paréntesis.
Las críticas hechas al idealismo a partir del siglo xix y hasta nuestros días se basan en las distinciones analíticas de los filósofos modernos, las cuales conforman dualismos.
Como primero de dichos dualismos, tanto en orden de importancia como desde una perspectiva genealógica de los problemas, se halla la distinción sujeto-objeto. Que el yo sea reducido al entendimiento, al alma, a la razón, al intelecto, al espíritu, al pensar o al percibir constituye el fondo de la aparente imposibilidad de diluir el límite entre el hombre y el mundo. Sin semejante disolución no se muestra la unidad y perfección del todo.
De este modo, la indagación acerca de las ideas, en tanto “materia” de examen del sujeto, se comprende generalmente como una investigación preeminente y previa al esclarecimiento de lo existente. Esto implicaría que lo posterior y secundario es aquello que no tiene el modo de ser de las ideas: la naturaleza, el cuerpo, lo extenso, lo palpable. Por esta razón, se asume que eso que es “secundario” queda en un plano diferente, ya sea porque se deja de lado, ya sea porque se pregunta por ello como un derivado de los conceptos e ideas comprendidas por el sujeto.
Génesis de la investigación en torno a las ideas y su crítica inmediata. El sentido del idealismo en la modernidad
Debido al sentido peyorativo del idealismo —que se establece a partir de una comprensión vulgar de la idea— la fundamentación del principio de unidad que los idealistas llevaron a cabo parece adquirir un carácter ajeno a lo existente y deviene plenamente subjetivo. Sin embargo, semejante consideración no atiende al sentido original de la idea, ni a su relevancia para el ser humano.
El concepto griego ιδέα se refiere primariamente a la apariencia. De acuer-do con esto, lo visible para los “ojos del alma” no es ajeno a lo que presentan los sentidos. Antes al contrario, aquello que se conoce a partir de la experiencia es también lo que, con una mirada depurada, se conoce en sí mismo.
Así, pues, lo que sólo anacrónicamente puede llamarse idealismo antes de la modernidad es una afirmación de que en lo patente también se muestra algo a la razón que permite una mejor comprensión del principio. Lo que la “simple” experiencia pone de manifiesto es un modo de ser que no es palpable y que, no obstante, tiene igualmente realidad efectiva. Nuestra experiencia incluye, pues, la evidencia de la razón (λόγος), la intuición (νοῦς, intuitus) y el entendimiento (intellectus), de tal suerte que es necesario comprender el carácter de estas capacidades que se ofrecen como contraparte y complemento de la materia. Santo Tomás expresó bellamente esta necesidad con las siguientes palabras: “[…] para que el universo sea perfecto, es necesario que exista alguna criatura incorpórea”.
El idealismo —dice Kant refiriéndose a Berkeley— consiste en la afirmación de que sólo hay seres pensantes; las otras cosas que creemos percibir en la intuición serían solamente representaciones en los seres pensantes, a las cuales en verdad no les correspondería ningún objeto que se encontrase fuera de estos. Yo, al contrario, digo: las cosas nos son dadas como objetos de nuestros sentidos, objetos situados fuera de nosotros; pero de lo que puedan ser en sí mismas nada sabemos, sino que conocemos solamente sus fenómenos, esto es, las representaciones que producen en nosotros al afectar nuestros sentidos.
Si comprendemos la génesis del idealismo desde las tesis cartesianas, lo que el idealismo desarrolla no es una simple doctrina del condicionamiento subjetivo de la verdad a partir de pensamientos construidos sin contenido concreto. Por el contrario, se trata de una aprehensión de la realidad en sus fundamentos, a partir del modo adecuado que tiene el hombre para percibir el principio de unidad. Lo que la idea logra es llegar a aquella razón común que sintetiza (reúne) y analiza (suelta, desenreda) todo conocimiento y toda existencia.
El idealismo de la filosofía no consiste en nada más que en esto: no reconocer lo finito como un verdadero existente. Cada filosofía es esen- cialmente un idealismo, o por lo menos lo tiene como su principio, y el problema entonces consiste sólo en reconocer en qué medida ese principio se halla efectivamente realizado […] Una filosofía que atribuye a la existencia finita en cuanto tal un ser verdadero, último y absoluto, no merece el nombre de filosofía; […] lo ideal […] se trata sólo de un único todo concreto, del cual son inseparables los momentos.
Viendo al idealismo no sólo como una “doctrina” particular, sino como constituyente del carácter filosófico, su virtud consiste en poseer la apertura de las ideas que permite expresar el principio de unidad —aunque no sea de manera cabal—, el cual, de otro modo, estaría ceñido a la unilateralidad de la simple materia o lo meramente sensible y, por tanto, sería muy limitado. Razón de sobra tenía Hegel para extrañarse de que la verdad siempre quisiese verse como algo palpable, casi espacial, pues la verdad no se agota sólo en esto. Desde luego, tampoco sucede que la verdad trascienda el mundo en un más allá. La verdad trasciende, más bien, en una inmanencia que da luz sobre la perfección del todo, de lo completo.
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